Un pequeño bebé tiende su mano ante un objeto de colores brillantes que le mostramos… aunque no puede ni siquiera sujetarlo bien, es la fase oral que de niños todo ser humano experimenta: la curiosidad es natural en el ser humano; hasta que llega la maldición de la educación.
Si bien, todavía pequeño sus preguntas acerca del mundo, tratando de entender, resultan jocosas, y no nos cansamos de conversar con él. Pero cuando es un poco mayor, muchas veces sus inquietudes reciben un “ya cállate”, o peor aún: “no preguntes”.
Y ante cualquier intento de que el niño pueda opinar sobre algo, el adulto, implacable, siempre coarta: “tú no sabes nada”.
Las ocasiones se repiten millones de veces, hasta que, por fin, la sociedad propicia la apatía, el aburrimiento, la pasividad del niño, quien después se convierte en un adulto negado a pensar y a investigar para hacer una tesis, para resolver su vida, para tomar decisiones, para generar su propio conocimiento que le permita ser creativo, generar empresa.
“La curiosidad la tenemos desde nacimiento”, dice mi amigo José Guadalupe Sánchez Aviña, Coordinador de las Maestrías en Educación en la Universidad Iberoamericana Puebla, mientras sostenemos un diálogo a través de mi programa Compartiendo tu opinión, que se transmite a través de Sabersinfin.com
Maestros y padres tenemos la obligación de que los niños y jóvenes vuelvan a sentir placer de preguntar y descubrir, asegura.
Todos tenemos que cambiar nuestros paradigmas para crear una sociedad que propicie la curiosidad y con ello despierte la adormecida creatividad y la inventiva de los seres humanos para resolver problemas.
¿Por qué Sánchez Aviña nombra la “maldición de la educación”? Pues, según explica, el propiciar que el niño sólo repita experimentos siguiendo una guía, mecánicamente, parecen un patrón deseable para lograr la docilidad del alumno frenando sus inquietudes, y así adormecemos su curiosidad.
José Guadalupe comenta: primero tenemos que ser capaces de observar con atención lo que nos rodea, después, generar preguntas al respecto, como una actividad permanente, y tratar de descubrir las respuestas. Esto es investigación.
Por otra parte afirma: la neurociencia muestra que hoy la gente procesa la información de manera diferente. Así que si seguimos queriendo enseñarles como antes eso ya no funciona, de ahí que los alumnos siempre están aburridos.
Hay quien es gente de 10, pero no tiene dudas personales, es una enciclopedia andante, pero no produce conocimiento, comenta. El alumno que investiga por sí mismo más fácilmente se apropia del conocimiento; al momento que la sociedad vuelva a valorar la curiosidad, y alentar a otros a preguntar, tendremos resultados diferentes a los de hoy.
Javier Gorostiaga, cita José Guadalupe, solía decir “hay algo peor que la dependencia económica: la dependencia del conocimiento”.
Yo creo que esa desgracia la vivimos todos los días por no producir nosotros mismos el conocimiento. Si queremos mayor desarrollo del país, como padres y como maestros, tendremos que decir a la juventud “vamos a investigar juntos”.
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