Una de las características de los mitos es su recurrencia, pues siempre están ahí, latentes, ajenos al desarrollo de los acontecimientos concretos mientras éstos sean aceptables o, al menos, tolerables para los habitantes de un lugar, cuando sin recordarlos siquiera, se entregan cada uno a su vida –o propiamente struggle for life (Darwin)- de todos los días.
Pero en épocas de crisis, cuando las cosas ya no marchan como debieran, resurgen espontáneamente o, con más frecuencia, son resucitados artificialmente por los demagogos –literalmente, “conductores de pueblos”- para sus propios fines, como en la Alemania de la República de Weimar, cuando aquéllas iban tan mal que los nazis no tuvieron dificultad en reciclar, vía propaganda, el antiguo mito del Superhombre entre las masas empobrecidas y desesperadas.
El resto es Historia.
Aquí ha estado sucediendo algo parecido, pero con un mito muy diferente: el “buen indígena”, versión colonialista del buen salvaje de Rousseau. Un sujeto que reuniría en sí mismo todas las virtudes posibles de la especie humana, sólo que desde el particular punto de vista de los dominadores.
Por eso había que mantenerlo en perpetua infancia, al cuidado de benevolentes tutores que salvaguardaran su pureza –o inocencia- original, no fuera a corromperla el mundano avance. (Si ése hubiera sido el propósito de sus bondadosos curas –“cuidadores”-, los indígenas –como si los demás, que también nacimos aquí, no lo fuéramos-, luego de 500 años de amorosos cuidados, ciertamente serían los más sanos, aptos, ricos y cultos de todos, pero…)
Esta curiosa concepción del indígena “bueno” tiene algunas implicaciones (ideo)lógicas sorprendentes, como la pureza –y por tanto, superioridad- racial, formalmente idéntica a la que predicaba Alfred Rosenberg respecto a los arios, sólo que aquí no la denotaría ser altos, güeros –rubios- y de ojos azules sino, por el contrario, chaparros –bajitos-, prietos -muy morenos- y de ojos negros. Tan absurda una “teoría” como la otra.
Este tipo de “indígena” –sobra decirlo- NO existe, nunca ha existido. Los reales son seres humanos como cualesquiera otros -¿qué serían si no, acaso extraterrestres?-, con las mismas potencialidades para el “bien” y el “mal”, con todo lo relativos que son estos términos morales. (Cuando el levantamiento (neo)zapatista de 1994, los implicados en él dejaron de ser para el Gobierno los “hermanos indígenas” para convertirse automáticamente en “transgresores de la ley”, según palabras del entonces Secretario de Defensa.)
No, el buen indígena es un invento para adoctrinarnos tanto a “indígenas” como no indígenas (¿?) en la resignación fatalista a la miseria, enfermedad, ignorancia, fanatismo y, sobre todo, sumisión a los que detentan un Poder de cualquier clase o grado, la imagen del siervo perfecto que nunca se queja ni da problemas a sus amos, sean de aquí o de fuera.
¡Cómo quisieran entonces los poderosos convencernos a todos de ser "(buenos) indígenas" y así reinar otros 300 años! Pero desgraciadamente para ellos, LA HISTORIA SIGUE SU CURSO...
(Publicado originalmente en Sabersinfin el 27 de febrero de 2015)
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.
Imagen: lasillarota.blob.core.windows.net
(Publicado originalmente en Sabersinfin el 27 de febrero de 2015)
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.Imagen: lasillarota.blob.core.windows.net
