LEANDRO MATA ZIJAR, despertó con un frío entumecedor, en el ambiente se podían oler la pólvora de los cuetes, y en el camino que bajaba a la zanja podía verse los periódicos regados de las detonaciones de la tarde anterior, Leandro bajo lentamente el camino por donde se asomaban algunas raíces de mandarinas, como si fueran serpientes que no podían atravesar el cerro de piedra negra, y culebreaban buscando el hueco en esas tierras húmedas y negras, con el sabor metálico en la boca, caminó hasta el pozo de agua, a lavarse la cara, y lo recibió un perfume de copal envolvente, de la casa de la viaja curandera, y de pronto brotó en una humareda el sabor de las especias del mole de aquel día, dos de noviembre, día de muertos en el rancho, mole de guajolote y tamales de puerco.
“Recuerdas tu infancia en ese pueblo a donde nadie te quería, recuerdas bien como los malmiraban a ti y a tu madre, los del pueblo, la fracasada y el bastardo, el natural, la mujer liviana y el pecado, la culpa, la desonrra, la maldición de ser el hijo de un pistolero, de un matón, de un asesino. Como piquete de coralillo, como mordida de coyote, como cagada de zopilote llevabas tu marca, santo y seña de tu destino, podrido desde el principio, sin otro fin que el de la muerte, producto del hacedor de muertes, la muerte te asomaba en los ojos y se podía oler saliéndote de los poros. Como aquella ves que te aventaron al arroyo crecido, como esa ves que pensaron que te ibas a ahogar, y saliste del otro lado lejos, muy lejos, y después al chamaco que te aventó al arroyo, le metiste en la camisa un puño de hormigas tepehuas, y casi se muere de la calentura. Recuerdas esos días de Todos Santos, cuando ibas a pedir Santoro a las casas, pan de muerto, tamales, mole, chocolate, mandarinas, naranjas, cañas de azúcar; una bolsa grande llenabas, y la llevabas a tu casa, mientras tu mamá molía el mole para los ricos, mientras tu madre ponía una mesita pequeña, y una flores de mano de león y de cempasúchil, y una foto del viejo, que nunca los quiso, del abuelo que murió maldiciéndolos a ti ya tu madre, el viejo que la vergüenza le seco la boca antes que la muerte por tu culpa y la de tu madre. De ese altarcito a los muertos, que más que a la familia, recibiría a los muertos que tu padre iba matando por todos lados, ¿Cómo les alcanzará tan poquita comida? Pensabas, y ponías las cosas que habías traído, ponías el pan que te daban de ganancia después de vender por las calles el pan de doña Maruca, ponías las toronjas que te ibas a robar de la casa de tu vecino, y ponías tu tristeza de niño mientras te lavabas los pies enlodados por el trajín del día entero”.
Leandro Mata Zijar se enjuagó la boca, se lavó la cara y se quedó parado en una piedra de tepetate, mientras veía las nubes de humo saliendo de las casas, y oía el golpeteo de las mujeres haciendo tortillas para el almuerzo, lentamente se sentó en una piedra, y empezó a envolver un poco de tabaco en una hoja delgada de maíz, cuando oyó el sonido de unos pasos bajando al pozo. Era una muchacha morena como la noche, con las naguas blancas y la camisa bordada se acentuaba más el color moreno de su rostro. -Buenos días, -Buenos días, dijo el, mientras daba una bocanada al tabaco que había preparado, -tan temprano y ya tas fumando, -Pues es para espantar a los muertos, dijo Leandro, -Los muertos no hacen nada, dijo ella, -Cuídate de los vivos. –Entonces me voy a cuidar de ti, le dijo Leandro, mientras en su rostro moreno se asomaban unos dientes blanquísimo, como el nixtamal recién lavado. –Vas a ir al rato al costumbre, le preguntó Leandro, -Sí, es mi madrina la señora, respondió ella. –Bueno pues allá te veo, ¿cómo me dijiste que te llamas?.
“Recuerdas aquellas noches de luna llena, aquellas en que tu Padre llegó a visitarlos, dos muertos aparecieron en el camino de las milpas, y otro más lo mataron llegando a su casa. Te acuerdas del miedo que causaba el viejo, te acuerdas que de no ser por los ruegos de tu madre, esa misma noche matan al abuelo, a ese que tanto los maldijo y que tanto daño les hizo, te acuerdas del montón de dinero que sacó el viejo de su morral de tapadera, y de las pistolas, de tu primera pistola. –Ya tas grande mijo, y desde ahora naiden se burla de tu madre, ahora eres el hombre de la casa, y nunca permitas que nadie pisotee tu nombre. Recuerdas el revolver, Smith & Wuesso, y dos cajas de cartuchos que te dejó tu padre, con las que ibas a tirarle a las culebras en el rio, de los plomazos que le metías a los árboles de grado, hasta hacerlos sangrar. Te acuerdas del miedo en el Pueblo, te acuerdas de la caballería llegando por la sierra, de que los soldados estaban dispuestos a detener a tu Padre, te acuerdas como entraron en tu casa de piso de tierra, cuando tu Padre ya se había ido, te acuerdas como registraron tu casa, y cuando tu madre negó que el hubiera puesto un pie en la casa, que desde hace mucho tiempo no saben nada de el, y que no saben que el fue el que mató a esos hombres. Te acuerdas que nadie se olio siquiera que tu pistola estaba enterrada afuera de la casa, que nadie encontró nada. Muerte y persecución Leandro, fue la única herencia junto con tu primera pistola, inseparable como lunar fue tu destino, como el campesino al machete, tu pistola al cinto nunca se despegó, igualito que la desconfianza Leandro, nunca se despego tantito de tu cabeza, cualquiera pudiera ser el enemigo, hasta el más inofensivo era de cuidado, y esa mirada de coyote tampoco se te quita, hechizante y altiva, embrujadora, así era tu mirada con las mujeres, como el lomo erizado del coyote estaban tus poros y como hipnótico estaba tu olor, que sin hacer ruido te comías a las gallinas, como esa pollita habada que había venido a tomar agua al pozo.”
Leandro Mata Zijar, termino de fumar, y con el sabor amargo del tabaco, le vino esa sed que le secaba la boca, una sed constante que desde que tenía idea, no saciaba con ningún líquido, ni siquiera con la sangre de los muertos que iba dejando a su paso, la misma sed del coyote flaco que le roba la vida a sus victimas, la misma prisa por estarse yendo de esos lugares, siempre de paso, siempre con la desconfianza. Lentamente, subió la vereda venosa de raíces de mandarinas, llegó hasta la puerta de la casa de varas de capulín, y saludó el buenos días de ese día nublado, -Pásale Leandro, le contestaron de adentro, -Siéntate, tómate un café. Leandro se acomodó lentamente en la mesa, siempre sin darle la espalda a la puerta como era su costumbre, cuando una taza humeante de café se depositó en la mesita. –No han encontrado al muerto Leandro, -Solamente se sabe que no llegó a su casa. No creo que se den cuenta, dijo Leandro, -Se quedó bien metido en la matilla de tarro, y como nadie va a la milpa en estos días, es difícil que lo encuentren. Creo que todavía me da tiempo de quedarme al costumbre, acabo de ver un asuntito. –Es más, pal otro año le ponen ofrenda y le hacen el cabo de año, les ahorré el doble gasto.
Lentamente fue tomando a sorbos el café, y lentamente fue saboreando ese par de muslos morenos, como tallados en postes de mora tendidos al sol en el potrero, lentamente el olor de los tamales humeantes fueron llevando a Leandro Mata Zijar hasta aquellos tiempos, violentos como los tiempos de ahora, y fue memorizando el camino de la Sierra, por donde iba a salir huyendo en la noche, el caballo descansado y bien herrado, la escopeta del veinte bien limpia y la super empavonada y aceitada, cuatro cargadores llenos, mucho parque para la escopeta, la manga pos si llueve, y unos tamales de alberjón que tanto te gustaba deshacer en el mole de guajolote.
Lentamente fue trazando la ruta de escape, y viendo los recovecos de la casa de la curandera, adonde podría desplumar esa pollita, comérsela lentamente sin que se oyera su agonía, solo con la presencia de la noche, amor sazonado a luna menguante, y con las fiestas de muertos, efímero y eterno amor manando muerte, el único que podía dar, comilona y ofrenda, bienvenida a la muerte y al amor, amor de muerte de LEANDRO MATA ZIJAR.